Reflexiones del Evangelio,Ciclo A.













DOMINGO DE RAMOS...

Hoy se nos invita a contemplar el estilo de la realeza de Cristo salvador. Jesús es Rey, y —precisamente— en el último domingo del año litúrgico celebraremos a Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo. Sí, Él es Rey, pero su reino es el «Reino de la verdad y la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz» (Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey). ¡Realeza sorprendente! Los hombres, con nuestra mentalidad mundana, no estamos acostumbrados a eso.

Un Rey bueno, manso, que mira al bien de las almas: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él deja hacer. Con tono despectivo y de burla, «‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Jesús respondió: ‘Tú lo dices’» (Mt 27,11). Más burla todavía: Jesús es parangonado con Barrabás, y la ciudadanía ha de escoger la liberación de uno de los dos: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» (Mt 27,17). Y… ¡prefieren a Barrabás! (cf. Mt 27,21). Y… Jesús calla y se ofrece en holocausto por nosotros, ¡que le juzgamos!
Cuando poco antes había llegado a Jerusalén, con entusiasmo y sencillez, «la gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: ‘¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!’» (Mt 21,8-9). Pero, ahora, esos mismos gritan: «‘Que lo crucifiquen’. Pilato insistió: ‘Pues, ¿qué mal ha hecho?’. Pero ellos gritaban más fuerte: ‘¡Que lo crucifiquen!’» (Mt 27, 22-23). «‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’ Replicaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’» (Jn 19,15).
Este Rey no se impone, se ofrece. Su realeza está impregnada de espíritu de servicio. «No viene para conquistar gloria, con pompa y fastuosidad: no discute ni alza la voz, no se hace sentir por las calles, sino que es manso y humilde (…). No echemos delante de Él ni ramas de olivo, ni tapices o vestidos; derramémonos nosotros mismos al máximo posible» (San Andrés de Creta, obispo).

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)


V DOMINGO DE CUARESMA,CICLO A.


La Iglesia nos presenta un gran milagro: Jesús resucita a un difunto, muerto desde hacía varios días.
La resurrección de Lázaro es “tipo” de la de Cristo, que vamos a conmemorar próximamente. Jesús dice a Marta que Él es la «resurrección» y la vida (cf. Jn 11,25). A todos nos pregunta: «¿Crees esto?» (Jn 11,26). ¿Creemos que en el bautismo Dios nos ha regalado una nueva vida? Dice san Pablo que nosotros somos una nueva criatura (cf. 2Cor 5,17). Esta resurrección es el fundamento de nuestra esperanza, que se basa no en una utopía futura, incierta y falsa, sino en un hecho: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!» (Lc 24,34).

Jesús manda: «Desatadlo y dejadle andar» (Jn 11,34). La redención nos ha liberado de las cadenas del pecado, que todos padecíamos. Decía el Papa León Magno: «Los errores fueron vencidos, las potestades sojuzgadas y el mundo ganó un nuevo comienzo. Porque si padecemos con Él, también reinaremos con Él (cf. Rom 8,17). Esta ganancia no sólo está preparada para los que en el nombre del Señor son triturados por los sin-dios. Pues todos los que sirven a Dios y viven en Él están crucificados en Cristo, y en Cristo conseguirán la corona».
Los cristianos estamos llamados, ya en esta tierra, a vivir esta nueva vida sobrenatural que nos hace capaces de dar crédito de nuestra suerte: ¡siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza! (cf. 1Pe 3,15). Es lógico que en estos días procuremos seguir de cerca a Jesús Maestro. Tradiciones como el Vía Crucis, la meditación de los Misterios del Rosario, los textos de los evangelios, todo... puede y debe sernos una ayuda.
Nuestra esperanza está también puesta en María, Madre de Jesucristo y nuestra Madre, que es a su vez un icono de la esperanza: al pié de la Cruz esperó contra toda esperanza y fue asociada a la obra de su Hijo.

Dr. Johannes VILAR

IV DOMINGO DE CUARESMA,CICLO A.


Cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.

Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).

¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».

Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García

III DOMINGO DE CUARESMA,CICLO A.


Como en aquel mediodía en Samaría, Jesús se acerca a nuestra vida, a mitad de nuestro camino cuaresmal, pidiéndonos como a la Samaritana: «Dame de beber» (Jn 4,7). «Su sed material —nos dice san Juan Pablo II— es signo de una realidad mucho más profunda: manifiesta el ardiente deseo de que, tanto la mujer con la que habla como los demás samaritanos, se abran a la fe».


El Prefacio de la celebración eucarística de hoy nos hablará de que este diálogo termina con un trueque salvífico en donde el Señor, «(...) al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino».
Ese deseo salvador de Jesús vuelto “sed” es, hoy día también, “sed” de nuestra fe, de nuestra respuesta de fe ante tantas invitaciones cuaresmales a la conversión, al cambio, a reconciliarnos con Dios y los hermanos, a prepararnos lo mejor posible para recibir una nueva vida de resucitados en la Pascua que se nos acerca.

«Yo soy, el que te está hablando» (Jn 4,26): esta directa y manifiesta confesión de Jesús acerca de su misión, cosa que no había hecho con nadie antes, muestra igualmente el amor de Dios que se hace más búsqueda del pecador y promesa de salvación que saciará abundantemente el deseo humano de la Vida verdadera. Es así que, más adelante en este mismo Evangelio, Jesús proclamará: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí», como dice la Escritura: ‘De su seno correrán ríos de agua viva’» (Jn 7,37b-38). Por eso, tu compromiso es hoy salir de ti y decir a los hombres: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho…» (Jn 4,29).

P. Julio César RAMOS González SDB

II DOMINGO DE CUARESMA,CICLO A.

Camino hacia la Semana Santa, la liturgia de la Palabra nos muestra la Transfiguración de Jesucristo. Aunque en nuestro calendario hay un día litúrgico festivo reservado para este acontecimiento (el 6 de agosto), ahora se nos invita a contemplar la misma escena en su íntima relación con los sucesos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

En efecto, se acercaba la Pasión para Jesús y seis días antes de subir al Tabor lo anunció con toda claridad: les había dicho que «Él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Pero los discípulos no estaban preparados para ver sufrir a su Señor. Él, que siempre se había mostrado compasivo con los desvalidos, que había devuelto la blancura a la piel dañada por la lepra, que había iluminado los ojos de tantos ciegos, y que había hecho mover miembros lisiados, ahora no podía ser que su cuerpo se desfigurara a causa de los golpes y de las flagelaciones. Y, con todo, Él afirma sin rebajas: «Debía sufrir mucho». ¡Incomprensible! ¡Imposible!
A pesar de todas las incomprensiones, sin embargo, Jesús sabe para qué ha venido a este mundo. Sabe que ha de asumir toda la flaqueza y el dolor que abruma a la humanidad, para poderla divinizar y, así, rescatarla del círculo vicioso del pecado y de la muerte, de tal manera que ésta —la muerte— vencida, ya no tenga esclavizados a los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios.
Por esto, la Transfiguración es un espléndido icono de nuestra redención, donde la carne del Señor es mostrada en el estallido de la resurrección. Así, si con el anuncio de la Pasión provocó angustia en los Apóstoles, con el fulgor de su divinidad los confirma en la esperanza y les anticipa el gozo pascual, aunque, ni Pedro, ni Santiago, ni Juan sepan exactamente qué significa esto de… resucitar de entre los muertos (cf. Mt 17,9), ¡Ya lo sabrán!

Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós

I DOMINGO DE CUARESMA,CICLO A.
Celebramos el primer domingo de Cuaresma, y este tiempo litúrgico “fuerte” es un camino espiritual que nos lleva a participar del gran misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo. Nos dice san Juan Pablo II que «cada año, la Cuaresma nos propone un tiempo propicio para intensificar la oración y la penitencia, y para abrir el corazón a la acogida dócil de la voluntad divina. Ella nos invita a recorrer un itinerario espiritual que nos prepara a revivir el gran misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo, ante todo mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios y la práctica más intensa de la mortificación, gracias a la cual podemos ayudar con mayor generosidad al prójimo necesitado».
La Cuaresma y el Evangelio de hoy nos enseñan que la vida es un camino que nos tiene que llevar al cielo. Pero, para poder ser merecedores de él, tenemos que ser probados por las tentaciones. «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1). Jesús quiso enseñarnos, al permitir ser tentado, cómo hemos de luchar y vencer en nuestras tentaciones: con la confianza en Dios y la oración, con la gracia divina y con la fortaleza.
Las tentaciones se pueden describir como los “enemigos del alma”. En concreto, se resumen y concretan en tres aspectos. En primer lugar, “el mundo”: «Di que estas piedras se conviertan en panes» (Mt 4,3). Supone vivir sólo para tener cosas.
En segundo lugar, “el demonio”: «Si postrándote me adoras (…)» (Mt 4,9). Se manifiesta en la ambición de poder.
Y, finalmente, “la carne”: «Tírate abajo» (Mt 4,6), lo cual significa poner la confianza en el cuerpo. Todo ello lo expresa mejor santo Tomás de Aquino diciendo que «la causa de las tentaciones son las causas de las concupiscencias: el deleite de la carne, el afán de gloria y la ambición de poder».

Mn. Antoni BALLESTER i Díaz


VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,CICLO A.


La Palabra de Dios, nos enseña que la fuente original y la medida de la santidad están en Dios: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). Él nos inspira, y hacia Él caminamos. El sendero se recorre bajo la nueva ley, la del Amor. El amor es el seguro conductor de nuestros ideales, expresados tan certeramente en este quinto capítulo del Evangelio de san Mateo.
La antigua ley del Talión del libro del Éxodo (cf. Ex 21,23-35) —que quiso ser una ley que evitara las venganzas despiadadas y restringir al “ojo por ojo”, el desagravio bélico— es definitivamente superada por la Ley del amor. En estos versículos se entrega toda una Carta Magna de la moral creyente: el amor a Dios y al prójimo.
El Papa Benedicto XVI nos dice: «Solo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama». Jesús nos presenta la ley de una justicia sobreabundante, pues el mal no se vence haciendo más daño, sino expulsándolo de la vida, cortando así su eficacia contra nosotros.
Para vencer —nos dice Jesús— se ha de tener un gran dominio interior y la suficiente claridad de saber por cuál ley nos regimos: la del amor incondicional, gratuito y magnánimo. El amor lo llevó a la Cruz, pues el odio se vence con amor. Éste es el camino de la victoria, sin violencia, con humildad y amor gozoso, pues Dios es el Amor hecho acción. Y si nuestros actos proceden de este mismo amor que no defrauda, el Padre nos reconocerá como sus hijos. Éste es el camino perfecto, el del amor sobreabundante que nos pone en la corriente del Reino, cuya más fiel expresión es la sublime manifestación del desbordante amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por el don del Espíritu Santo (cf. Rom 5,5).

Rev. P. José PLAZA Monárdez

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,CICLO A.

Jesús nos dice «No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). ¿Qué es la Ley? ¿Qué son los Profetas? Por Ley y Profetas, se entienden dos conjuntos diferentes de libros del Antiguo Testamento. La Ley se refiere a los escritos atribuidos a Moisés; los Profetas, como el propio nombre lo indica, son los escritos de los profetas y los libros sapienciales.
En el Evangelio de hoy, Jesús hace referencia a aquello que consideramos el resumen del código moral del Antiguo Testamento: los mandamientos de la Ley de Dios. Según el pensamiento de Jesús, la Ley no consiste en principios meramente externos. No. La Ley no es una imposición venida de fuera. Todo lo contrario. En verdad, la Ley de Dios corresponde al ideal de perfección que está radicado en el corazón de cada hombre. Esta es la razón por la cual el cumplidor de los mandamientos no solamente se siente realizado en sus aspiraciones humanas, sino también alcanza la perfección del cristianismo, o, en las palabras de Jesús, alcanza la perfección del reino de Dios: «El que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos» (Mt 5,19).
«Pues yo os digo» (Mt 5,22). El cumplimiento de la ley no se resume en la letra, visto que “la letra mata, pero el espíritu vivifica” (2Cor 3,6). Es en este sentido que Jesús empeña su autoridad para interpretar la Ley según su espíritu más auténtico. En la interpretación de Jesús, la Ley es ampliada hasta las últimas consecuencias: el respeto por la vida está unido a la erradicación del odio, de la venganza y de la ofensa; la castidad del cuerpo pasa por la fidelidad y por la indisolubilidad, la verdad de la palabra dada pasa por el respeto a los pactos. Al cumplir la Ley, Jesús «manifiesta con plenitud el hombre al propio hombre, y a la vez le muestra con claridad su altísima vocación» (Concilio Vaticano II).
El ejemplo de Jesús nos invita a aquella perfección de la vida cristiana que realiza en acciones lo que se predica con palabras.

Pe. Givanildo dos SANTOS Ferreira

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,CICLO A.
El Evangelio nos hace una gran llamada a ser testimonios de Cristo. Y nos invita a serlo de dos maneras, aparentemente, contradictorias: como la sal y como la luz.


La sal no se ve, pero se nota; se hace gustar, paladear. Hay muchas personas que “no se dejan ver”, porque son como “hormiguitas” que no paran de trabajar y de hacer el bien. A su lado se puede paladear la paz, la serenidad, la alegría. Tienen —como está de moda decir hoy— “buenas radiaciones”.
La luz no se puede esconder. Hay personas que “se las ve de lejos”: Santa Teresa de Calcuta, el Papa, el Párroco de un pueblo. Ocupan puestos importantes por su liderazgo natural o por su ministerio concreto. Están “encima del candelero”. Como dice el Evangelio de hoy, «en la cima de un monte» o en «el candelero» (cf. Mt 5,14.15).
Todos estamos llamados a ser sal y luz. Jesús mismo fue “sal” durante treinta años de vida oculta en Nazaret. Dicen que san Luis Gonzaga, mientras jugaba, al preguntarle qué haría si supiera que al cabo de pocos momentos habría de morir, contestó: «Continuaría jugando». Continuaría haciendo la vida normal de cada día, haciendo la vida agradable a los compañeros de juego.
A veces estamos llamados a ser luz. Lo somos de una manera clara cuando profesamos nuestra fe en momentos difíciles. Los mártires son grandes lumbreras. Y hoy, según en qué ambiente, el solo hecho de ir a misa ya es motivo de burlas. Ir a misa ya es ser “luz”. Y la luz siempre se ve; aunque sea muy pequeña. Una lucecita puede cambiar una noche.
Pidamos los unos por los otros al Señor para que sepamos ser siempre sal. Y sepamos ser luz cuando sea necesario serlo. Que nuestro obrar de cada día sea de tal manera que viendo nuestras buenas obras la gente glorifique al Padre del cielo (cf. Mt 5,16).

Rev. D. Josep FONT i Gallart

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,CICLO A.


Al formular las bienaventuranzas, Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de una sociedad secularizada.
No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma. El Evangelio solo se difunde desde actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Solo así hemos de caminar hacia el futuro.
Dichosa la Iglesia «pobre de espíritu» y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios.
Dichosa la Iglesia que «llora» con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios.
Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida.
Dichosa la Iglesia que tiene «hambre y sed de justicia» dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios.
Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia.
Dichosa la Iglesia de «corazón limpio» y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios.
Dichosa la Iglesia que «trabaja por la paz» y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios.
Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios.
La sociedad actual necesita conocer comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas. Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.
José Antonio Pagola
III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,CICLO A.

Jesús nos da una lección de “santa prudencia”, perfectamente compatible con la audacia y la valentía. En efecto, Él —que no teme proclamar la verdad— decide retirarse, al conocer que —tal como ya habían hecho con Juan Bautista— sus enemigos quieren matarlo a Él: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» (Lc 13,31). —Si a quien pasó haciendo el bien, sus detractores intentaron dañarle, no te extrañe que también tú sufras persecuciones, como nos anunció el Señor.
«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12). Sería imprudente desafiar los peligros sin un motivo proporcionado. Solamente en la oración discernimos cuándo el silencio o inactividad —dejar pasar el tiempo— son síntomas de sabiduría, o de cobardía y falta de fortaleza. La paciencia, ciencia de la paz, ayuda a decidir con serenidad en los momentos difíciles, si no perdemos la visión sobrenatural.
«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al qué dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, operadores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.
Decididos, audaces, sin buscar excusas para postergar la acción apostólica para “después”. Dicen que «el “después” es el adverbio de los vencidos». Por eso, san Josemaría recomendaba «una receta eficaz para tu espíritu apostólico: planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana (...)».
Cumplir la voluntad de Dios, ser justos en cualquier ambiente, y seguir el dictamen de la conciencia bien formada exige una fortaleza que hemos de pedir para todos, porque el peligro de la cobardía es grande. Pidamos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, imitando su fortaleza al pie de la Cruz.

Rev. D. Josep RIBOT i Margarit

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO,CICLO A.


Hemos escuchado a Juan que, al ver a Jesús, dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). ¿Qué debieron pensar aquellas gentes? Y, ¿qué entendemos nosotros? En la celebración de la Eucaristía todos rezamos: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos la paz». Y el sacerdote invita a los fieles a la Comunión diciendo: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo...».
No dudemos de que, cuando Juan dijo «he ahí el Cordero de Dios», todos entendieron qué quería decir, ya que el “cordero” es una metáfora de carácter mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien conocida por todos los buenos israelitas.
Por otro lado, el cordero es el animalito que los israelitas sacrifican para rememorar la pascua, la liberación de la esclavitud de Egipto. La cena pascual consiste en comer un cordero.
Y aun los Apóstoles y los padres de la Iglesia dicen que el cordero es signo de pureza, simplicidad, bondad, mansedumbre, inocencia... y Cristo es la Pureza, la Simplicidad, la Bondad, la Mansedumbre, la Inocencia. San Pedro dirá: «Habéis sido rescatados (...) con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 1,18.19). Y san Juan, en el Apocalipsis, emplea hasta treinta veces el término “cordero” para designar a Jesucristo.
Cristo es el cordero que quita el pecado del mundo, que ha sido inmolado para darnos la gracia. Luchemos para vivir siempre en gracia, luchemos contra el pecado, aborrezcámoslo. La belleza del alma en gracia es tan grande que ningún tesoro se le puede comparar. Nos hace agradables a Dios y dignos de ser amados. Por eso, en el “Gloria” de la Misa se habla de la paz que es propia de los hombres que ama el Señor, de los que están en gracia.
San Juan Pablo II, urgiéndonos a vivir en la gracia que el Cordero nos ha ganado, nos dice: «Comprometeos a vivir en gracia. Jesús ha nacido en Belén precisamente para eso (...). vivir en gracia es la dignidad suprema, es la alegría inefable, es garantía de paz, es un ideal maravilloso».

Rev. D. Joaquim FORTUNY i Vizcarro

BAUTISMO DEL SEÑOR,CICLO A.


Contemplamos al Mesías —el Ungido— en el Jordán «para ser bautizado» (Mt 3,13) por Juan. Y vemos a Jesucristo como señalado por la presencia en forma visible del Espíritu Santo y, en forma audible, del Padre, el cual declara de Jesús: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). He aquí un motivo maravilloso y, a la vez, motivador para vivir una vida: ser sujeto y objeto de la complacencia del Padre celestial. ¡Complacer al Padre!
De alguna manera ya lo pedimos en la oración colecta de la misa de hoy: «Dios todopoderoso y eterno (...), concede a tus hijos adoptivos, nacidos del agua y del Espíritu Santo, llevar siempre una vida que te sea grata». Dios, que es Padre infinitamente bueno, siempre nos “quiere bien”. Pero, ¿ya se lo permitimos?; ¿somos dignos de esta benevolencia divina?; ¿correspondemos a esta benevolencia?
Para ser dignos de la benevolencia y complacencia divina, Cristo ha otorgado a las aguas fuerza regeneradora y purificadora, de tal manera que cuando somos bautizados empezamos a ser verdaderamente hijos de Dios. «Quizá habrá alguien que pregunte: ‘¿Por qué quiso bautizarse, si era santo?’. ¡Escúchame! Cristo se bautiza no para que las aguas lo santifiquen, sino para santificarlas Él» (San Máximo de Turín).
Todo esto —inmerecidamente— nos sitúa como en un plano de connaturalidad con la divinidad. Pero no nos basta a nosotros con esta primera regeneración: necesitamos revivir de alguna manera el Bautismo por medio de una especie de continuo “segundo bautismo”, que es la conversión. Paralelamente al primer Misterio de la Luz del Rosario —el Bautismo del Señor en el Jordán— nos conviene contemplar el ejemplo de María en el cuarto de los Misterios de Gozo: la Purificación. Ella, Inmaculada, virgen pura, no tiene inconveniente en someterse al proceso de purificación. Nosotros le imploramos la sencillez, la sinceridad y la humildad que nos permitirán vivir de manera constante nuestra purificación a modo de “segundo bautismo”.

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

EPIFANÍA DEL SEÑOR,CICLO A.

El profeta Isaías nos anima: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60,1). Esa luz que había visto el profeta es la estrella que ven los Magos en Oriente, con muchos otros hombres. Los Magos descubren su significado. Los demás la contemplan como algo que les parece admirable, pero que no les afecta. Y, así, no reaccionan. Los Magos se dan cuenta de que, con ella, Dios les envía un mensaje importante por el que vale la pena cargar con las molestias de dejar la comodidad de lo seguro, y arriesgarse a un viaje incierto: la esperanza de encontrar al Rey les lleva a seguir a esa estrella, que habían anunciado los profetas y esperado el pueblo de Israel durante siglos.


Llegan a Jerusalén, la capital de los judíos. Piensan que allí sabrán indicarles el lugar preciso donde ha nacido su Rey. Efectivamente, les dirán: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta» (Mt 2,5). La noticia de la llegada de los Magos y su pregunta se propagaría por toda Jerusalén en poco tiempo: Jerusalén era entonces una ciudad pequeña, y la presencia de los Magos con su séquito debió ser notada por todos sus habitantes, pues «el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3), nos dice el Evangelio.

Jesucristo se cruza en la vida de muchas personas, a quienes no interesa. Un pequeño esfuerzo habría cambiado sus vidas, habrían encontrado al Rey del Gozo y de la Paz. Esto requiere la buena voluntad de buscarle, de movernos, de preguntar sin desanimarnos, como los Magos, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar a Cristo. Si no le encontramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es encontrar el Camino que nos lleva a conocer la Verdad que nos da la Vida. Y, sin Él, nada de nada vale la pena.

Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS,CICLO A.


El evangelista Lucas da cuenta con brevedad del cumplimiento del rito de la circuncisión de Jesús, por el que se ratifica la pertenencia del Hijo de Dios a una comunidad humana, a un pueblo, el pueblo de Israel, el pueblo elegido por Dios para ser la bendición de todos los pueblos de la tierra. Él es el Salvador, el Mesías, el Señor (Lc 2,11), como anunció el ángel a los pastores, lo cual representaba una gran alegría para todo el pueblo (Lc 2,10).
Jesús significa Salvador. La salvación que este niño nos trae es el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios, el favor de Dios, la gracia de Dios que nos congracia con Dios, el cual, en su Hijo Jesús, nos reconoce y nos acoge como hijos, nos ama con ternura de Padre, nos hace partícipes de su naturaleza divina, nos comunica su prerrogativa de la inmortalidad y nos devuelve la esperanza de la vida eterna, que habíamos perdido por el pecado, que nos separaba de Él.
San Pablo sitúa el nacimiento de Jesús en la historia de los hombres. Ocurre en nuestro mundo, en el tiempo propicio; nació de una mujer, como verdadero hombre; no es un extraño, sino uno de nosotros. Por medio de Él, Dios nos ha hecho partícipes de su Espíritu, por el que, en verdad, podemos llamar a Dios Padre, pues realmente somos hijos suyos. La conclusión inmediata que deduce el Apóstol es que nuestra relación con Dios no ha de ser la de esclavos sometidos a la fuerza, por el temor, sino de seres libres movidos a obedecer a Dios por la confianza que nos inspira su amor, llevados también nosotros por el amor de hijos hacia el padre bueno. La conducta buena del cristiano no ha de obedecer a la pesada carga de una ley férrea, sino a la alegre imitación del Padre, al cual tiene el honor de asemejarse el hijo, considerándolo como un timbre de gloria.
Tal distinción representa para nosotros la mayor de las bendiciones: el Señor ha iluminado su rostro sobre nosotros irradiando su bondad y nos ha concedido su favor; se ha fijado en nosotros personalmente y nos ha concedido la paz. La paz que proporciona el sabernos amados por Dios, y que nadie nos podrá arrebatar; la paz de una conciencia tranquila, que nos hace sentirnos interiormente satisfechos y gozosos; la paz de considerar a todos los hombres, no como competidores, adversarios o incluso enemigos, sino como hermanos. Esto no es logro del hombre, sino don del Espíritu que Dios ha infundido en nuestros corazones.
La paz es el bien más preciado porque abraza todos los bienes: la tranquilidad del día a día (cobijo, sustento, vestido, educación); la salud; la tranquila convivencia familiar; la armoniosa relación social con los familiares, amigos, vecinos, conciudadanos, compatriotas; la cooperación internacional… Es verdad que resulta impensable que un día sea realidad todo esto junto, para todos los hombres. Pero no nos conformamos con menos. El Señor que ha puesto este anhelo en nuestros corazones le dará cumplida satisfacción.
Ni Jesús, en su vida entre nosotros, pudo ver cumplida esta promesa; pero trabajó para construir un mundo mejor. Y esa es la tarea que nos ha encomendado: que nos esforcemos para dejar un mundo mejor que el que nos hemos encontrado, con la esperanza de que el Señor volverá para consolidar definitivamente su reino, en el que se harán realidad nuestros sueños más inverosímiles.

Hagamos de la paz tarea y oración.
Modesto García, OSA

LA SAGRADA FAMILIA,CICLO A.


Muchos son los problemas que viven hoy las familias y muchos son los Herodes que tratan de destruirla. Muchos son también los que intentan vivir la vida familiar al margen de Dios y sin Dios es imposible soportar tantos sacrificios diarios. La familia es la célula primera y fundamental que permite el equilibrio y felicidad de toda persona. Se quiera o no, sigue siendo el pilar más importante de la sociedad y de la Iglesia. En la familia se aprende, –desde la experiencia–, el amor, el perdón, la confianza, la acogida, el compartir, la aceptación y el diálogo, valores fundamentales para toda persona, y es la cuna donde suele descubrirse por primera vez el amor de Dios. La familia tiene que ser amada, protegida y sostenida. No se puede abandonar el designio originario de la familia unida para siempre. Hay que llenar de significado la vivencia familiar con una espiritualidad fuerte.
Frente a los que se empeñan en resaltar el fracaso de muchos matrimonios, hay que resaltar lo que no es noticia, pero sí es una realidad. Gracias a Dios, son muchas las familias que viven unidas en la oración, el amor; hijos que honran y obedecen a sus padres (2ª lect.), que les cuidan en la vejez (1ª lect.). Padres, que se respetan y aman, rodeándose mutuamente de la bondad, humildad, paciencia, mansedumbre, perdón, amor para con sus hijos; piedad y gratitud con Dios (2ª lect.). Familias profundamente unidas cuando el dolor o la enfermedad llama a sus puertas.
La familia es como un edificio, no construido de una vez, sino edificio que hay que construir a lo largo de toda la vida, día tras día y ladrillo tras ladrillo. La familia se construye con la colaboración de todos los miembros desde el más pequeño al mayor. De la misma manera que en la construcción de un edificio intervienen personas dispares con funciones distintas y nadie realiza los trabajos que no le corresponden, de la misma manera cada miembro familiar debe ocupar su papel; es decir, no pueden ser los caprichos o veleidades de un hijo los que prevalezcan, ni los abusos del padre, por ejemplo, la brújula que marque la vida familiar, sino el bien común. Como en la construcción de un edificio, la familia requiere sacrificio, esfuerzo, ilusión con el deseo de buscar unos y otros la felicidad mutua. Y como todo edificio bien construido, la familia necesita una roca firme sobre la que pueda mantenerse aferrados frente a tantas envestidas como diariamente encuentra. Sin Dios, fallan todos los cimientos humanos.

Como cristianos debiéramos preguntarnos si nuestras familias viven en el amor mutuo que Cristo nos ha enseñado y en la confianza de que pase lo que pase, Dios Padre siempre está con nosotros. ¿Qué diría la Sagrada Familia de la nuestra? ¿Qué ven los demás en nuestras familias cristianas? ¿Cómo debiéramos vivir?
Vicente Martín, OSA

NOCHEBUENA Y NAVIDAD,CICLO A.
El Salvador es también el Mesías, el esperado del pueblo durante siglos, el que viene de parte de Dios. Ha sido largamente esperado desde los tiempos de Moisés, legislador y caudillo de Israel, que condujo al pueblo desde la esclavitud de Egipto a la Tierra Prometida. El Mesías viene a renovar la ley escrita en tablas de piedra en el Sinaí –que fue el fundamento de la antigua alianza sellada con la sangre de los animales sacrificados– por la ley del Espíritu infundido en los corazones de los hombres; la ley del amor. Una ley indestructible, no escrita, sino vida inmortal de las personas divinas; vida de la que el mismo Dios nos hace partícipes a los hombres al asumir Él mismo nuestra naturaleza humana.
Esta ley funda una alianza nueva y eterna de Dios con la humanidad en virtud de la presencia del Mesías, el enviado de Dios. Él es la garantía de que Dios no nos ha abandonado nunca; siempre ha tenido al hombre en su pensamiento y en su corazón. Cuando lo estimó oportuno, envió al Mesías (nuevo Moisés) para que se pusiera al frente de su pueblo y lo guiara a la patria celestial.
Finalmente, el que nació esta noche (según nos transmiten los pastores) es el Señor, el dueño y soberano de los siglos y del universo. No lo parece, pues es un niño recién nacido. También Alejandro Magno y Platón y Beethoven y Einstein fueron niños pequeños que llegaron a ser grandes hombres.
Jesús vino en forma de siervo para enseñorear el mundo, no para dominarlo sino para trascenderlo y elevarlo hasta su propia condición divina. Después de su paso por el mundo y de haber vencido a la muerte, los cristianos lo confesamos y lo honramos como nuestro Señor. Cuando se manifieste en su gloria, todos –incluso los que ahora lo niegan– lo reconocerán como el único Señor: norma de la Verdad; modelo del Bien; canon de Belleza. Contar con su amistad («Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo», Mt 25,34) será salvoconducto para la gloria inmortal.

Aprovechemos, hermanos, el tiempo de gracia para hacerlo fructificar en gloria eterna.
Modesto García, OSA

IV DOMINGO DE ADVIENTO,CICLO A.


La verdad es que por encima de las muchas noticias tristes de la humanidad y de nuestra propia historia e incluso de las que ahora mismo nos pueden estar agobiando y por encima también de los aspectos más superficiales de las fiestas navideñas, los cristianos nos disponemos a celebrar que Dios ha querido entrar en nuestra historia, y que quiere permanecer con nosotros y que en estos días quiere hacer más sentido y vivido el yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28, 21).
La Madre del Mesías prometido
Este cuarto domingo de Adviento está impregnado del recuerdo entrañable de la Madre del Mesías, María de Nazaret. Las lecturas nos han hablado de María, por ser la que dio a luz al Salvador del mundo, cumpliendo la profecía de Isaías: la virgen da a luz un hijo (Is 7, 14). Ella es la nueva Eva, a la que alude el prefacio de este domingo; en él proclamaremos que “si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno virginal de María, la hija de Sión, ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz”. El recuerdo de María es muy oportuno para que terminemos bien el Adviento y celebremos con fe y profundidad la Navidad. En estas fiestas miraremos a la Madre del Señor, nos alegraremos con ella y aprenderemos a acoger al Salvador con fe y con amor, como María.
José, el hombre que creyó a Dios
Hoy, junto a María, encontramos también a José, un humilde trabajador, que nos da un ejemplo de actitud abierta hacia Dios y a sus planes. José no entiende del todo el papel que Dios le asigna en la venida del Mesías.
El evangelio nos ha contado sus dudas: no porque sospeche nada de María; él conoce o, al menos, intuye el misterio sucedido y que el hijo que va a tener María es obra de Dios y, humildemente, no queriendo usurpar una paternidad que ya sabe que es del Espíritu él se quiere retirar. No comprende que él pueda caber en los planes  de Dios. Será el ángel quien le asegure que sí cabe: ve a ser el esposo de María y con ello hará  que el Mesías venga de la dinastía de David.

José ha aceptado los planes de Dios. Como tantas otras personas que se encontraron desconcertadas, pero, como José, también se fiaron de Dios, aceptaron lo que se les encomendaba y, como él, pudieron vivir no sólo la Navidad sino todas las demás celebraciones cristianas desde una ejemplar actitud de creyentes. Por todo ello, haremos bien en recordar y valorar en estas fiestas la actitud de José y no sólo acordarnos de él el día 19 de marzo o el primero de mayo. En el Adviento, en la Navidad y en la Epifanía José está muy presente. Junto con María, también él es un modelo para nosotros, abierto a la Palabra de Dios y obediente a la misión que se le había confiado. No ha sido otra la intención de incluir su nombre en la Conmemoración de los Santos en la Plegaria Eucarística de la misa.
Teófilo Viñas, O.S.A

III DOMINGO DE ADVIENTO,CICLO A.
         "El domingo de la Alegría"


Fijándonos en el evangelio, nos encontramos con Juan Bautista, el mensajero de Dios (Mal 3,1), que había sido encarcelado por Herodes Antipas. Estando en la cárcel le llegan noticias sobre la actividad profética y sobre los poderes milagrosos de Jesús. La claridad con la que había señalado a Jesús en el río Jordán, como el Mesías, parece ahora oscurecerse. Juan esperaba otro tipo de mesías, esperaba un mesías justiciero, severo con los pecadores, un mesías que hiciera desaparecer el mal de la tierra, y lo que él escucha no responde a sus expectativas. En esta situación dubitativa, envía a dos de sus discípulos desde la cárcel para que pregunten directamente a Jesús: ¿Eres tú el que el que ha de venir o tenemos que esperar a otro? (v.3).
Jesús responde a los emisarios de Juan con textos del profeta Isaías. Citando al profeta les manifiesta que actúa en conformidad con las Escrituras, cuya característica es la proclamación de la buena noticia para los pobres, enfermos, marginados… Con estas palabras invita a Juan a aceptar un mesías diferente del que él esperaba. También los discípulos que preguntan tienen que reconocer que la obra de Jesús está en consonancia con las Escrituras y por ello se acredita como el Mesías. Sus hechos y palabras no se verifican según las expectativas humanas, sino según la Palabra de Dios.

Ante tantos reclamos navideños, el Adviento es una ocasión propicia para preguntarnos, con sinceridad si este Jesús, del que decimos celebrar dentro de unos días su nacimiento, es el verdadero Mesías o si debemos esperar a otro. En cierto modo los creyentes nos parecemos más a Juan que a Jesús. Como Juan, también tenemos nuestras dudas, nos cuesta comprender y aceptar un mesías conforme a las Sagradas Escrituras, preferimos un mesías que solucione nuestros problemas, sane nuestras enfermedades y nos conceda aquello que le pedimos. Incluso tenemos que reconocer que hay muchos creyentes, de buena voluntad, piadosos, que, ante la misericordia de Dios, se sienten defraudados por permitir el mal y la injusticia en el mundo. Quisiéramos más un Dios hecho a nuestra imagen y semejanza, pero mis pensamientos –nos dice el Señor– no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos (Is 55,8). No tenemos más que leer detenidamente los evangelios. La Navidad original, por ejemplo, no fue como nosotros la pintamos: Un censo del emperador romano en el momento más inoportuno, cuando María está embarazada y tiene que ir a empadronarse a Belén, Jesús que nace en un establo, desde el primer momento se siente perseguido y tiene que huir a Egipto, etc., etc. No podemos acusar al Bautista de que esperara otro tipo de Mesías, porque también nosotros estamos sujetos a la tentación de querer un Dios más a nuestro estilo.
Vicente Martín, OSA

II DOMINGO DE ADVIENTO,CICLO A


Amigo lector, María es la aurora de la Navidad. Porque quien escuche o lea con atención la Biblia, la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios revelada, podrá advertir que la figura de María tiene gran relevancia en la Historia de la Salvación. En efecto, la Biblia se abre, se media y se cierra con referencias explícitas o implícitas a la Virgen María como asociada a Jesús en la Historia de la Redención. Frente a un género humano de vieja Eva y viejo Adán con historia de perdición, se profetiza una nueva Eva y un nuevo Adán para salvar una nueva humanidad con efecto redentor retroactivo de pasado y proactivo de futuro.
Así, en el primer libro del Génesis leído, c. 3, en el relato llamado protoevangelio (por hacerse señas con el evangelio del NT) María asoma  como descendiente corredentora, al lado del Redentor aplastando a la hiriente serpiente genesíaca (Gén 3,15). Aplastando, que es más que hiriendo. Y el último libro revelado, llamado Apocalipsis, c. 12, presenta a María, Madre de la Iglesia naciente, como mujer fuerte, la mujer por antonomasia, vestida de sol y la luna bajo sus pies y una corona de estrellas sobre su cabeza (Apoc 12,1), venciendo al dragón del Génesis (Apoc 12,5s), símbolo del mal, del pecado. Y en medio de estos dos polos bíblicos de atracción, la silueta de la madre del Mesías, la madre de Jesús aparece, implícitamente en el AT como Trono de la Sabiduría (Sab 6,22) y Arca de la Alianza (Josué 3,11) que recordamos en la letanía mariana. Es la madre del amor hermoso. Y en el NT con referencia explícita, ya sabemos que aparece María siete veces en escenas evangélicas. Hoy en diálogo con el Árcangel san Gabriel en la escena de la Anunciación pidiendo aclaraciones de sus dudas: ¿cómo será eso [la encarnación], pues no conozco varón? (Lc 1,34); he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). En todas las escenas, la intervención de María con los hombres es breve, pero servicial y luminosa. Y solo es larga su conversación cuando habla con Dios en el Himno llamado MagnificatProclama mi alma la grandeza del Señor, etc. (Lc 1,46-55). 
Y hoy, tenemos que agradecer su privilegio de ausencia de pecado y plenitud de gracia, que eso significa Inmaculada Concepción, en definición dogmática de 1854 por el hoy beato Pío IX ante el clamor de los fieles de la Iglesia, que ya venían celebrando la fiesta desde siglos atrás. De tal modo que, como dirá el convertido cardenal Newman, “El pueblo cristiano no cree en la Inmaculada porque sea dogma, sino más bien es dogma porque cree en el misterio”. Ya los SS.PP., orientales y occidentales habían dejado escrito más de 40 epítetos o calificativos diferentes, en grado superlativo, para señalar el privilegio inmaculista: “la muy inmaculada”, “la sola inmaculada”, “la más que del todo inmaculada”, “la toda entera inmaculada”, la “supersanta”, la “supersantísima”, la “superbendita”, etc.
En este contexto histórico, la declaración solemne (excatedra) como dogma de fe se podía ver venir. No obstante, la declaración dogmática de  tanto misterio, produjo esta sensación en el propio papa Pío IX: “Lo que experimenté al definir el dogma es tal, que ninguna lengua humana podría expresar; cuando empecé a leer el Decreto dogmático, sentí que mi voz era impotente…, pero cuando llegué a la fórmula de la definición, Dios concedió a la voz de su Vicario tal fuerza y vigor sobrenatural, que hizo resonar toda la Basílica [de San Pedro]”. No era para menos: Ausencia de pecado original y plenitud de gracia en María que supo mantener e incrementar en su vida mortal hasta la Asunción al cielo.                
El mejor agradecimiento, amigo lector, es nuestra aproximación  a su ausencia de pecado, evitando lo negativo, el pecado personal de comisión del mal y omisión del bien, para no hacer historia de perdición. Y haciendo lo positivo que exige la vida de gracia, mirando con ojos limpios a Dios y a nuestros hermanos, que así hacemos historia de salvación.
En conclusión, lector amigo, la lección de María es clara. Trato agradecido y humilde con Dios hablándole de las necesidades de nuestros hermanos; y trato servicial y luminoso con los hermanos hablándoles de Dios, al menos con nuestra vida cristiana ejemplar.

Para mejor cumplir nuestros propósitos, hoy san Pablo en la segunda lectura de Adviento (Rom 15,4-9) nos pide fidelidad a Dios que cumple sus promesas de AT y nos acoge con misericordia en el NT cuando andamos racaneando inconsecuentes por el atrio de los gentiles.
José RODRÍGUEZ, o.s.a.

I DOMINGO DE ADVIENTO,CICLO A


Hoy, día 1 de diciembre, no sólo damos comienzo al Adviento sino también al nuevo Año litúrgico. Y ya sabemos todos que el primer mensaje que brota de ambos es la invitación a preparar la conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios hecho hombre; al mismo tiempo se nos quiere recordar que habrá segunda venida de Él mismo en poder y gloria al fin de los tiempos. Y todo ello sin perder la perspectiva del tiempo presente en el que tiene lugar la continua y misteriosa presencia de Dios en los acontecimientos diarios de la historia personal y comunitaria.
Las lecturas nos hablan elocuentemente de todo ello. Así, el profeta Isaías nos hace descubrir a Dios en medio de los hombres, a los que quiere reunir en la paz de su Reino. Caminemos –dice el profeta– a la luz del Señor (Is 2, 5). A su vez, el apóstol san Pablo nos apremia a dejar las obras de las tinieblas y a revestirnos del Señor Jesucristo (Rom 13, 12.14). Disposiciones éstas que se hacen más apremiantes aún con lo que el Señor nos dice hoy en el evangelio, hablando de la incertidumbre de la hora y la sorpresa de la segunda venida que, para cada uno de nosotros, tiene su preludio con el final de nuestra propia vida.
Quizás esta doble perspectiva puede llevarnos al desasosiego e, incluso, a la angustia, cuando el Adviento es, sobre todo, tiempo de esperanza por encima de todo. No otra fue la intención del Concilio Vaticano II, al regalarnos la Constitución Gaudium et Spes (Gozo y  Esperanza). En efecto, estos sentimientos son los que el cristiano tiene que alimentar siempre  y de manera muy especial en este tiempo litúrgico que iniciamos, camino de la Navidad y del fin del Año civil, cuya celebración nos debe preparar una feliz entrada en el Nuevo Año. Les ofrezco un breve pasaje del documento conciliar en relación con el deseo que todos abrigamos de conseguir una felicidad verdadera:
La semilla de eternidad que el hombre lleva en sí, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. Todas las comodidades de la técnica, aunque utilísimas, no son capaces de calmar la ansiedad del hombre, pues ninguna prolongación de la longevidad biológica es capaz de satisfacer aquel deseo de una vida ulterior que radica ineluctablemente en su corazón” (GS 18).
Efectivamente, el hombre que investiga el espacio y la materia se pierde en su propio misterio. Se considera a sí mismo como una contradicción entre sus aspiraciones y limitaciones: el ansia de vivir y el límite de la muerte; sueños de grandeza y realidad de la pequeñez y el anonimato; necesidad de altura y lastre de la materia; voluntad de infinito y limitación en todo… Pues bien, sólo la esperanza cristiana, especialmente presente en el Adviento, nos asegura que Dios, viene, que estamos en un estadio de marcha hacia la dicha y la patria, que Dios nos va a salvar y nos elevará, que es lo mismo que hacer realidad nuestras aspiraciones de grandeza y felicidad. Por supuesto que esta esperanza no puede ahorrar nuestro esfuerzo; lo que sí aportará es añadirle valor para hacerlo eficaz.
En este recorrido del Adviento sabemos que el propio Jesús se hace compañero de camino, puesto que su promesa es irreversible: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 28,21). Pero estas cuatro semanas del Adviento nos acompañarán también tres importantísimas figuras que nos van a decir cómo prepararon ellas la venida del Hijo de Dios y nos enseñarán a prepararla nosotros. Sin duda que las conocemos: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Santísima Virgen María. El profeta lo anunció a pueblo judío allá por el año 740 antes de Cristo y hoy  hemos escuchado su palabra: Caminemos a la luz del Señor (Is 2,5). El Bautista nos dirá más adelante: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos (Mt 3, 2). La Santísima Virgen María es la Madre del Mesías esperado.
Ahí está su hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38); es la respuesta a lo que le pide el Señor: ser Madre de Dios. Sus palabras nos invitan a cumplir siempre la voluntad de Dios. Ante la escena de la Anunciación san Agustín posaba su mirada contemplativa en María y acababa diciéndose a sí mismo: “Contempla esta sierva casta, virgen y madre; allí tomó (el Verbo) la forma de esclavo, allí se despojó de sus riquezas, allí nos enriqueció” (Enarr. in Ps, 101, s. I, 1). Contemplemos a María y hagamos nuestra la reflexión del Santo. La fiesta de la Inmaculada Concepción que celebraremos el próximo domingo nos invitará a vivir en su compañía a lo largo del Adviento.  
El Adviento, en fin, no es tanto cuestión de calendario –unas semanas de preparación para la Navidad–, cuanto una actitud espiritual que deberá durar todo el año, sólo que en estos días la intensificamos de un modo especial; es ésta una actitud de atención, de vigilancia, de espera activa. Igual que la Pascua, que tampoco puede quedar reducida a un espacio de siete semanas, sino una convicción que nos impulsa a tenerla presente todo el año, aunque en esos cincuenta días la celebremos con mayor intensidad.
Teófilo Viñas, O.S.A.